Jutta Janeschitz - Slogan
 
 
En Jerusalén hay un lugar que es considerado el sepulcro de Jesús.
En la puerta dice "Él no está aqui, porque resucitó."
 
 
 
A mí no me importa si este es el lugar exacto donde Jesús fue sepultado. Lo que realmente me toca en lo más profundo de mi alma, es la frase en la puerta. Ella es el fundamento de mi fé en Jesús.
 
El resucitó de los muertos. ¡Él vive!
Él venció a nuestro peores enemigos: la muerte y el demonio. Si Jesús no hubiera resucitado, si no hubiera hecho lo que había prometido, todo su sacrificio en la cruz habría sido en vano.
Sencillamente no tendría sentido. Él mismo no sería mejor que otros cuyos pensa-mientos se predican desde hace cientos o miles de años, pero cuyos cuerpos llevan cientos o miles de años podridos en sus tumbas. Yo creo cada palabra de la Biblia, la divina palabra del Señor. 
  
Creo que existe un Dios en tres personas -el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo- y que él nos ama. Tanto, que él mismo vino a la tierra -en el Hijo- para demostrarnos su Ser.  Vivió entre las personas y compartió todo con ellas: la risa, las lágrimas, el dolor...  Sanó a los enfermos, resucitó a los muertos y expulsó a los demonios, consoló a los inconsolables y dió esperanza a los desesperanzados.
Difundió la Verdad Divina y al final demostró de lo que es capaz el gran amor de Dios.
 
Pero también advirtió a las personas de no ser idólatras o falsas, de no enorgullecerse de sus errores y de no considerarse iguales a Dios.  
 
Y al oír Juan en la cárcel de las obras de Cristo, mandó por medio de sus
discípulos a decirle: ¿Eres tú el que ha de venir, o esperaremos a otro? 
Y respondiendo Jesús, les dijo: Id y contad a Juan lo que oís y veis: 
los ciegos reciben la vista y los cojos andan, los leprosos quedan limpios,
los sordos oyen, los muertos son resucitados
y a los pobres se les anuncia el evangelio.
(Mateo 11, 2-5)
 
Al final, antes de morir en la cruz, rompió con fuerza sobrenatural el telón que nos separaba a nosotros, los hombres, de Dios. Gracias a él, el camino a Dios vuelve a estar libre para nosotros. Igual que entonces en el Edén, cuando Adán y Eva tenían contacto con Dios, antes de que Adán tomara la decisión de vivir sin él. 
 
Lo depositaron en una tumba y cerraron ésta con una piedra. Pero la muerte no fue el último acto para Jesús. Tres días más tarde, la piedra habia sido corrida y la tumba estaba vacía.
 
Muchos vieron als Resucitado, hablaron con él, compartieron su comida con él y escucharon sus palabras.
 
Entonces, al atardecer de aquel día, el primero de la semana,
y estando cerradas las puertas del lugar donde los discípulos se encontraban por miedo a los judíos,
Jesús vino y se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. 
Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.
Entonces los discípulos se regocijaron al ver al Señor.
(Juan 20, 19-20)
 
Ese es el Dios al que le creo cada palabra. ¡Nunca me atrevería a llamarlo mentiroso!
 
Este Dios me dice en su Palabra:
 
No temas porque Yo te he redimido,
te he llamado por tu nombre;
mía eres tú.
(Isaías 43,1)
 
Como hija de Dios no me considero mejor que otros, pero definitivamente vivo una vida mejor. Porque tengo un fuerte fundamento que me da soporte, cualquiera que sea la situación  en la que me encuentre.
 
Cuando Jesús me habla, siento en el corazón un calorcito de bienestar. Noto que me habla aquél que me conoce totalmente, aquél que no me miente y al que yo no puedo mentir. Aquél que me llevó a entender que estaba enferma. Infectada con el virus llamado "pecado", que destruye al mundo y que me estaba destruyendo a mí. 
Entendí por qué no era malo para mí contar una mentira cuando la situación lo exigía, o llevarme algo de alguna parte sólo porque que me gustaba... y éstas son sólo dos de mis faltas. Entendí que en mi egoísmo había herido a personas queridas, porque había seguido mi camino sin mirar a la izquierda ni a la derecha y sin tener en cuenta pérdidas para otros. Entendí lo que el pecado significa y por qué nos separa de Dios.
 
Ante las ruinas de mi propio orgullo, la oferta de paz y salvación que Jesús nos hace se volvió realidad para mí. Pude aceptar con gratitud el mayor regalo que alguien me haría jamás: el sacrificio de Jesús. El derramó su sangre como único medio para vencer al virus.... y me salvó.
Su sacrificio único - para toda la humanidad para todos los tiempos.
 
... así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido,
sino para servir y para dar Su vida en rescate por muchos."
(Mat. 20,28)
 
El peso del pecado cayó de mis hombros cuando me arrodillé ante él y le conté todo lo que había hecho. Empecé a respirar con más libertad cuando le pedí perdón y él me perdonó. Y nací de nuevo cuando le dí mi vida y me sometí a su voluntad.
 
Éste -y ningún otro- fue el momento más importante en mi vida.
 
Desde entonces vivo mejor. Mi vida tiene sentido, un sentido profundamente enraizado en Dios, por el que estaré agradecida toda la eternidad.
 
No temas porque Yo te he redimido,
te he llamado por tu nombre;
mío (mía) eres tú.
(Isaías 43,1)
 
 
 
 
 
 
 
© Jutta Janeschitz
Homepage
zur Verfügung gestellt
von Vistaprint